8 may. 2010

La antigua casa del párroco de San José

- Sí señor, aquí comenzó todo, en la casa del cura.


GEDEÓN: -Era un día de júbilo. ¡Por fin se comenzaban las obras tantas veces anunciadas! Había público por todas partes y políticos a rabiar. El momento lo merecía porque era de una solemnidad que ponía los pelos de punta.
Y aquí estuve yo, entre la multitud, más o menos ahí, donde estaba la estatua de la violetera.
Le resumo el acontecimiento:

A las diez y media o las once menos veinte comenzaron a asomar los carruajes Reales.
Los primeros en llegar fueron la Infanta María Teresa y Don Fernando; con ellos venía el Príncipe Adalberto de Baviera.
Al momento apareció la Infanta Isabel y a continuación la Reina María Cristina.
Como a las once menos cinco llegaron los Reyes con el Príncipe Leopoldo de Battenberg.
¡Qué ovación! Parecía que aquello se iba a demoler sólo, sin golpes ni piquetas.
Bueno.
Toda la plana Real y parte del Gobierno estaban allí, en el Palacio de La Unión y el Fénix.
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Concurrieron como grandes mentores del proyecto el Romanones y Peñalver. También Alberto Aguilera, ex Alcalde-Presidente y Francos Rodríguez, el nuevo Alcalde.
Este último se acercó al palco para pedir la venia a S.M. y empezó a dar su discurso.
Recuerdo estas palabras: “Yo debo decir en este momento a S. M. que el Ayuntamiento está decidido a acometer grandes empresas y grandes obras, y para ello está seguro de contar con el apoyo de superiores esferas”.
¡Señor mío, no sé qué esfera sería aquella, pero veo que las obras continúan!

Luego plantificó su discurso el Presidente del Consejo, y para que el peloteo fuese mayor lo acabó con un ¡Viva el Rey!, que la multitud coreó gustosa.
Jejeje... el concejal Rosón gritó ¡Viva el Pueblo!, y el pueblo le hizo caso.
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Entonces el Rey se levantó y, seguido del Alcalde y del inglés Silver, subió a una pequeña plataforma que estaba colocada casi al final de la casa del cura. Le entregaron una piqueta que lucía más que el sol -dicen que era de oro y plata; me lo creo- y ¡zas!, dio el primer golpe en la pared.

Ovaciones otra vez, y las campanadas de la iglesia de San José. A continuación, como una puesta en escena del Apolo, aparecieron por el tejado un montón de albañiles que imitaron al Rey.

Luego sus majestades los Reyes firmaron el Acta y el resto está en la historia.

¡Así comenzó todo, amigo mio!

Esa misma noche la imaginación de los madrileños se ponía en activo y al día siguiente ya estaba la nota graciosa en la calle.
Como comprenderá, servidor no se quedó corto y aprovechó para dar rienda suelta al sarcasmo de la época publicando en mi revista sendos artículos y páginas de humor gráfico.

Con la ocurrencia de que fuera el Rey el que diese el primer piquetazo -muy apropiado para la ocasión, pero poco acertado para el cotilleo de las cosas de palacio- ya se andaba diciendo por ahí que "¡Alfonsito hincaba el pico!"

Un momento... ya sigo:


- Quién fuese Gran Vía para rendirme a sus pies de usted.

Ejem!... Como le iba diciendo, los obreros comenzaron la demolición de la casa del cura. Y con el beneplacito de los eclesiasticos, que ya es decir.


¡Menudo negocio hicieron algunos con los desperdicios de aquellos derribos! Mire, lea:



También echaron abajo el Palacio del Sevillano, y desde ahí todo lo que encontraban a su paso.
Recuerdo muy bien aquel Palacio estilo renacentista. En esa casa, durante los acontecimientos de julio del 1858, 'la Vicalvarada', quedó formada una junta para la salvación de Madrid. El duque de Sevillano en acto patriótico puso a disposición la casa y sus servicios.


Muchos negocios desaparecieron en esta primer avanzada al progreso. Había un comercio que yo frecuentaba; era la tienda de D. Carlos Knappe, dedicada a la venta de todos los aparatos eléctricos y para la electricidad que usted pueda imaginar. Bueno, seguro que ni se lo imagina. Estaba en la calle del Clavel.
Venía andando desde Santo Domingo por Jacometrezo y luego por Caballero de Gracia hasta la tienda de Knappe para ver con qué me asombraba en el escaparate.


Luego retrocedía hasta Montera, disfrutando de las bellas damas que se paseaban por las sederias, y llegaba hasta la Puerta del Sol.
Por cierto, tendría que haber estado usted en Sol el día que entraron los Húsares de Pavia provenientes de Melilla. Aconteció poco antes de la inauguración de las obras de la Gran Vía.




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